Relatos de Coaching

Capítulo 11. Emociones Encontradas

La agente estaba sentada en el salón de mi casa, frente a mí, con un vaso de agua en la mano y cara de circunstancias graves. Se echó hacia delante, y me miró fijamente.

   -Creemos que Sofía está implicada. 

   -¿En la muerte de Lolo? Eso es absurdo.

   -Aún no le hemos dicho que hay algo más.

La luz se apagó en ese momento y por un instante todo quedó en silencio, y, a oscuras.  Percibí cómo las agentes se movieron rápidamente para cubrir sus espaldas. Yo me quedé inmovilizado, en mi sitio. Escuchamos ruidos en el pasillo y cómo se cerraba la puerta. Percibí la sombra de una de las agentes acercándose al pasillo, imaginé que al cuadro de la luz. Al poco todo se iluminó de nuevo. En voz muy baja una de las agentes se dirigió a mí.

   -Permanezca aquí sentado.

Le echaron un vistazo a la casa, a la habitación, la cocina, el cuarto de baño, la terraza y los posibles recovecos. Yo oía desde el salón sus movimientos. Luego fui revisando junto a ellas cada estancia sin descubrir nada que me pareciese extraño. Me di cuenta de que Sofía no había recogido nada de su ropa ni pertenencias. Todo parecía estar igual, como el día antes. Comprobé que faltaba el equipaje de mano que solía llevar consigo Sofía en lo que llamaba viajes relámpago. Quien fuera que había estado allí, o tuvo mucho cuidado en no dejar pistas de su intromisión, o no le había dado tiempo a robar o coger lo que buscaba allí.

Parecía que había pasado una eternidad y sólo habían transcurrido 24 horas desde la discusión con Sofía.

Tras revisar la casa, las agentes se asomaron por la ventana con el fin de comprobar si podían ver a alguien sospechoso salir del edificio. La calle estaba tranquila.

   -¿Sabe usted qué es lo que ha pasado aquí ahora?

   -Entiendo que había alguien en mi casa que ha salido en cuando ha podido y nos ha dejado a oscuras para que no pudieran ustedes saber quién era ni perseguirle.

   -¿Tiene usted la idea de por qué había alguien en su casa?

   -No.

Me quedé en silencio, aturdido con la sorpresa del momento y cabizbajo, pensando en lo que había pasado en los últimos minutos.

   -¿Ha estado en contacto con su mujer en las últimas horas?

   -No. No la he visto desde ayer por la noche. Tuvimos una discusión y me fui a dormir a un hotel.

   -¿Tiene idea de dónde puede estar ahora?

   -Supongo que trabajando en sus oficinas de Lisboa. Como le comenté a sus compañeros ayer, Sofía dirige una empresa de logística aeroportuaria.

   -¿Podría usted ponerse en contacto con ella? Necesitamos saber si se encuentra bien.

   -Por supuesto, pero antes me gustaría que me aclarasen qué es eso de-que-está-implicada y porqué necesitan ustedes saber si se encuentra bien. ¿Qué es lo que pasa aquí? ¡Todo esto parece un disparate!

Me enojé hasta el punto de sentir cómo mi sangre se precipitaba en mi cabeza hasta ruborizarme. Sentí como mi corazón se desbocaba por la sinrazón de todo el asunto. La sensación de miedo al entrar en mi casa, la llegada de la policía, las preguntas, los secretos. Nada parecía tener sentido.

   -Venga con nosotras a comisaría. Allí podremos hablar con tranquilidad.

Salimos juntos del edificio. Advertí que mis acompañantes se mantenían alerta en todo momento. Al acercarse al coche, lo revisaron antes de invitarme a entrar. Yo me mantuve en silencio y discreto, expectante ante sus entrenados movimientos.

Llegamos a un edificio que parecía tener más de 50 años. Pasamos por un hall de mohosas paredes y nos adentramos por un estrecho pasillo de pintura demacrada con el paso del tiempo. Al llegar al final del pasillo montamos en un ascensor de doble salida y subimos dos pisos. Al salir nos encontrábamos en una zona que parecía renovada por completo, el edificio parecía diferente y olía a pintura.

Entramos en una pequeña sala de reuniones pobremente iluminada con una mesa ovalada en el centro y cuatro sillas alrededor. La puerta de acceso estaba flanqueada por dos paredes de cristal con sendas cortinas venecianas de aluminio que, en ese momento, se encontraban entornadas.

   -Por favor, siéntese. Ahora le traerán un vaso de agua.

Se quedó conmigo una de las agentes. Se sentó a mi lado.

   -Bien, Pedro, le hemos traído hasta aquí para ponerle en conocimiento de la situación. Por su bien, es mejor que todo lo que voy a contarle lo mantenga con discreción. 


 1214,    18  Jun  2015 ,   Perspectiva Vital por Miriam Cobreros
Miriam Cobreros

Coach Profesional Ejecutivo Certificado

Cerfiticación Oficial AECOP CP40

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